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Lo que Alfama me obligó a escribir

Quizás ayer cuando dijiste, “y escribirás un montón de tonterías, enlazadas, que solo tú entenderás. Y eso será lo bonito, que puede que para mí también tenga sentido” no te paraste a pensar que en aquel instante ya estaba escrito. Esperábamos un Cabify, yo rezaba porque tardase un poquito más, en el margen del Tajo y respiramos, olía a mar, al mío, a norte.
Esta vez fue Alfama, nos sorprendió vestida de gala, con la magia de una ciudad haciéndose pueblo. ¿Qué pueblo? El nuestro. A 1000 km siendo “casa”, entrecomillado porque ni yo conozco la tuya ni tú la mía pero nos llevó a ambos a la vez. Alfama había abierto la veda, 5 de la tarde o 3 de la mañana, las puertas abiertas y las mesas a la calle. Ruidos y olores. Sardinhas e bifanas, en pão o não. E duas imperiales por favor.
Lisboa, una vez más, desafiando la incomprensible creencia de que las capitales han de ser ciudades, urbanitas, modernas y tóxicas en seriedad. Negándose, en redondo y en cuadrado. Colinas, adoquines, becos, escalerinhas, arcos o largos, renunciando a lo convencional. Quizás nunca te lleguen a entender, yo te comprendí al instante, mi orden contra tu desorden, y ganaste la partida.
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¿Cuál fue el momento? 2 cervezas y unas aceitunas en un Beco escondido. Y hablando de la vida sin parar ni a respirar. Reíamos como idiotas, semana dura, siesta merecida y a la calle, porque los miedos hay que vencerlos, y no iba a “simplemente sobrevivir” en la cama con todo lo que queda por vivir. Vida, la que imaginamos en un abrir y cerrar de ojos, hijos, perros, coche, casa, mar y montaña, vacaciones, sin pensar siquiera el orden. Aprendiendo catalán, portugués o bable, fácil, sin problema. ¿Viajes? Siempre. Y comiendo fuera de casa. Hasta la cláusula para que los niños tengan libre elección de equipo de fútbol. Y volvimos a reír, porque ante el absurdo de planear una vida solo queda eso, ¿no?
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Sonaba la música, nos perseguían canciones que ni siquiera entendíamos pero que creíamos saber, familiares. Porque eran eso, familias y amigos disfrutando, dejando entrar al verano. Obrigada menino, obrigada una vez más, porque si algo hemos aprendido es que no se gasta, y lo saben.
-liong3r

 

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y montañas

 Ansiedad
Del lat. anxiĕtas, -ātis.
  1. f. Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo.
  2. f. Med. Angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos.
Ansia
Del lat. tardío anxia, de la raíz de angĕre ‘estrechar’, ‘ahogar’.
  1. f. Congoja o fatiga que causa en el cuerpo inquietud o agitación violenta.
  2. f. Angustia o aflicción del ánimo.
  3. f. náusea.
  4. f. anhelo.

 

Jennifer Peedom. Lo primero que he hecho al abrir el bloc de notas es buscar de nuevo el nombre de la directora del documental que acabo de ver, ‘Mountains’. Cerca de hora y media de diferentes fragmentos de videos totalmente distintos, ascensiones, travesías, descensos, ríos, volcanes, desembocaduras, cascadas, acantilados, gigantescas rocas o avalanchas letales. Todo ello acompañado de una banda sonora espectacular que consiguió parar por completo mi día, bajar mis pulsaciones y dejarme en stand-by.

Por un momento.

Al siguiente instante saltaba en el sillón, agitada, nerviosa, ansiosa. Y eso hice, buscar la definición de ansiedad y de ansia, dos palabras que me estaba costando diferenciar. Porque la ansiedad que sentía la provocaba el ansia que, tras terminar,  me siguió acompañando, un anhelo de esfuerzo, de frío, de altura, de libertad. Una náusea de vértigo entremezclada con velocidad.

El narrador me hacía reflexionar, recordándome que alguna vez, en la inmensidad de las montañas, pude pensar sobre la temporalidad de mi existencia y la perpetuidad de la suya, grabadas en la eternidad, mas bien siendo la vara con la que medirla.

Quise que fuera bonito, el hablar del amor en otro sentido, dimensión, incluso color. Amor a lo imperturbable, indominable, a lo eterno. De nuevo me perdí en una sucesión de adjetivos difíciles de conjugar y más aun de acentuar. Eran catorce ochomiles, poesía en cada cumbre o valle y no había ejército en el mundo capaz de cartografiar todo aquello en una vida.

Sinceramente, cuesta encontrar algo que nos llene por completo, que nos haga preguntarnos por qué los demás no sienten lo mismo ante ello. Y para mí, es la vida misma. La belleza de la espera, gozar de la ansiedad fruto de los meses sin poder sentir pero sí recordar todas y cada una de las sensaciones, de la primera a la última. Cambiantes como las estaciones, mentí de nuevo con aquello de no-ser-de-entre-tiempo y con estas palabras pedir disculpas, a la pasión estacionaria.

Uno escribe cuando se lo propone, pero disfrutar al hacerlo es culpa de esa pasión, del empuje que te obliga a exteriorizar la euforia que te provoca desde el mismo silencio hasta el ruido de tu hermano pasando las hojas de un libro, a tu lado. Y di gracias, de nuevo, por no haber perdido la cabeza a día de hoy, por las decisiones erróneas y las acertadas, por los principios inciertos, las tracas finales y los entretiempos, atemporales.

De aquí al lado

“¿Y tú de dónde eres?”

La pregunta que tantas veces me han hecho estos últimos 10 meses y que nunca he podido responder como merece

“…”

¿Cómo le explico a alguien que no conoce el paraíso de dónde soy?

¿Por dónde podría empezar? ¿Sus playas? ¿Su Cantábrico? ¿Cordilleras? ¿Ríos? ¿Gentes? ¿Pueblos?

Quizás podría empezar por lo que más me gusta a mí. Mierda, ¿qué es lo que más me gusta a mí?

Hablaré, quizás, del lugar que me vio nacer, Oviedin, de sus calles, su catedral o sus parques. De su antiguo, que tantas estupideces me ha visto a hacer, del Naranco que me educó o del Cristo desde donde tomar perspectiva. También de las montañas que lo protegen y las que cada mañana oteo en busca del primer intento de nevada y del último resquicio primaveral.

Esas mismas montañas que veo en el retrovisor cuando me voy al Norte, al mar, a mi Aldea, esa que quiero como propia. Ese lugar que me limó las asperezas, forjando la ingeniera que algún día seré. Allí, en Gijón fue donde aprendí a valorar el paraíso, a aprovechar cada descanso para descubrir y piratear de este a oeste nuestra tierra.

Paraíso natural lo llaman algunos, cuando subida en Cuitu Negru en Pajares atisbo el Cantábrico tras un denso mar de nubes, lo confirmo. El Edén estaba aquí. Ese increíble instante, que no todos creerán, hace que valgan la pena los, más que probables, anteriores 3 días de niebla y viento.

 

 

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“Era el mapa de un tesoro, justo encima había un mar, justo abajo había un león” Dijo Ramón. ¡Y que tesoro Ramón, y cada vez que suene me dejaré la voz cantando a los cuatro vientos lo mucho que lo siento.

Puede que hable de la Villa Blanca de la costa verde, allí donde más fuerte es el sentimiento del que hablo. En esa esquina del Muelle Nuevo, en la playa (una ola), en mi Pilarín o en el campo del “que todo lo ve”. “Porque, si vienes alguna vez, seguro que volverás, porque en Luarca, tal vez, el corazón dejarás.”

 

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El mismo Ramón dijo: “cuanto más lejos estoy más asturiano me siento”, debo decir que 700 km (o 700 metros) son suficientes. No es echarlo de menos, no creo que se pueda echar de menos algo que forma parte de uno mismo. Es algo distinto, los portugueses lo llaman “saudade”, los gallegos “morriña”. Es el sentir acercarse el verano y que el olor a espicha, a sidra, a salitre, te llegue en mitad de un examen.

Mi sangre es azul dijo alguno, la mía verde. De ese verde que no señores, no existe en otro sitio, habrá verdes de tonalidades similares pero jamás de la misma intensidad.

Estamos orgullosos, somos la región, sí, España, y lo demás tierra conquistada. Somos leyenda, un par de piedras bien lanzadas convertidas en batalla pero, ¿y qué? Que apareciera la virgen o no ye lo de menos.

 

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“Si yo pudiera, si yo supiera cantarte”, se atrevió a escribir Pedro Garfias y años después a cantar Victor Manuel. “Sola en mitad de la tierra, hija de mí misma madre.”

Y así podría pasarme todo el día, porque si hay algo que me invade por completo es el amor por mi tierra, sí, mía.

Podéis llamarme fanática, reíros de la cursilería y del amor desmedido pero yo sé que dentro de alguno se encendió el mismo sentimiento.

Mi mozuca, mi norte y soporte sin el que yo no sería la misma. Y orgullosos podemos decir,

 

“Asturies, patria querida,

Asturies de mios amores;

¡Ai!, ¡quién tuviera n’Asturies

en toes les ocasiones!”

 

“¿Sabes dónde está Bilbao? Pues un poco más a la izquierda, justo antes de llegar a Galicia”

 

Sal

Decidí empezar a escribir después del primer baño, me miran de reojo una familia y el chico que me vigila el bolso cuando voy al agua. Se oyen los coches, el mar, gaviotas y palomas, el bullicio de los niños, o los jóvenes y su música (de mierda) a todo volumen, Inglaterra- Suecia en un bar. Y yo debería haberme traído la crema.

Quería intentar describir el mar, y me ahogué en mis ideas. Frío, fresco, fuerte y peligroso, húmedo. Atractivo, más bien atrayente, hipnótico. Un continuo avance y retroceso, preciso como un reloj y al mismo tiempo incalculable. Potencia absoluta, natural, mi mayor debilidad. La perdición de tantos antes que yo.

Un pie dentro, gélido, me invita a irme pero la cabezonería me impide dar la vuelta a la toalla, sigo avanzando hasta la cintura, donde empieza la auténtica batalla. La duda se hace real, me lo pienso 3 olas, me lanzo y en ese pequeño instante en el que estoy bajo la superficie me olvido de aquella duda, del miedo, de los problemas. Nada parece tener valor, el mar tendrá la última palabra, me deja salir y respiro para darle las gracias. Gracias por darle sentido a todo, por equilibrarme, por ser yo y por regalarme este momento. Tras ese baño, como muchas veces antes, llego a la conclusión de siempre, no podría vivir lejos de él, entiendo aquellas palabras de mi madre diciendo que fuésemos a ver el mar.

Me perdí en mi propia descripción, la ilusión robó mis palabras quitándoles el sentido.

Los embarcaderos son para esperar

Faltaba poco para llegar a Cais do Sodré, me senté en una pequeñas escaleras que bajan directamente al río. La barandilla hacía lejana la distancia al agua, saltarla era inevitable. Oigo el vaivén de las olas, mis pequeñas chocando contra el embarcadero. El viento proveniente del mar pasa por debajo del puente, refrescando la ribera del Tajo, no puedo estar más agradecida a esa brisa. Es domingo, las grúas del puerto no hacen ningún movimiento más allá de la oscilación. Al frente, Almada y el Cristo Rei, recibiendo y despidiendo a navegantes. Desde aquí todo parece llevar el mismo ritmo, el que marca el Tajo. A mi espalda el continuo traqueteo de las bicicletas llevando a los turistas. La barandilla de la escalera ha dejado de dar apoyo, el paso del tiempo y el óxido se reparten las culpas.

Reflexionando me doy cuenta de lo que he sido capaz de, eso, reflexionar estos 3 días. De la energía que me consume las responsabilidades, el estudio, la maldita rutina. Sería un sueño vivir de la llama que brota junto a la libertad terrenal. Del tiempo. Dedicarme a describir con todo lujo de detalles los cambiantes reflejos del sol sobre las aguas o el sonido inequívoco del agua contra el muelle.

El tráfico es lento en el puente del 25 de Abril, las familias volviendo de la playa o de pasar un fin de semana fuera de la ciudad, fuera de este caos envuelto en rutina. Su dosis correspondiente de libertad, 48 horas de descanso mental, el físico esperará al lunes en la oficina. El sueño de muchos, la pesadilla de unos poco incomprendidos, la mía por seguro. Resumir la vida en aventuras de fin de semana. De joven, incluso las noches entre días de oficina eran vacaciones. Poco a poco al ritmo del deterioro corporal esas noches se destinaron al descanso, dejando de ser suficientes para apoderarse incluso de los sábados, domingos y festivos. Solo las ansiadas vacaciones estaban destinadas al placer. Todo hecho, pagado, sin necesidad de elegir siquiera el destino, alguien lo hizo en forma de recomendación o 4 estrellas en TripAdvisor.

Eres joven, tienes 22 (o 21) años, estudias, con toda la vida por delante, ¿qué sabrás tú de lo que hablas?

Lamentablemente, o por suerte, no necesito experimentarlo para renegar de ello. No viviré de un viaje al año a destinos cada vez más cercanos, sencillos, sin complicaciones, programados. O bueno, intentaré no hacerlo, y si de forma remota, llegase ese día, aquel en el que la vida no brillase como lo hace hoy el Tajo, cegándome con el reflejo del sol, si llegase ese día… Espero que mis palabras, o tal vez mi espalda, me empujen a coger las maletas, o mejor aún, la mochila y caminar, simplemente eso, porque no depende de otros factores. ¿No tienes dinero? Vete a un puto albergue, pero camina y vuelve a escribir para entender los sentimientos que vuelven a despertarse en ti. Porque, probablemente, estén igual de presentes que la frase que todavía tienes tatuada en la espalda, solamente necesitaban un repaso. Ríete joder, que la vida es maravillosa.

Ritmo

Salí de casa por una ruta distinta, buscando el mismo lugar, intentando encontrar pequeños recuerdos que llevar a casa. Perdiéndome una y otra vez por calles que creo conocer.  Feliz, buscando un parque en el que comer, lo encontré. Ya lo conocía pero me dio igual, hoy no buscaba conquistar nada y nunca es tarde para volverse a enamorar. El reloj me presiona, más bien el calendario, me queda menos de un mes en este paraíso. No caeré en la presión-tensión-drama-estrés, simplemente aspiraré y respiraré cada estímulo que venga. Muchos leen, pocos escribe, no caeré jamás en el juzgar al que no lo hace, sí juzgaré al que no lee, no puedo evitarlo. Mientras vagaba, miraba todas las fachadas y puertas buscando elegir mi favorita, tarea imposible, de todas formas lo intenté. Caminaba al lado del autobús que debía coger, al igual que ayer lo hice con las vías del tren, riéndome del tiempo que, en vez de gastar esperando, invertía en andar.

Click.

Es lo que se oyó tiempo atrás en mi cabeza para enseñarme a disfrutar de estas pequeñas cosas. Las ciudades se conocen a pie, no creo en nada más. Sufriendo sus cuestas y gozando sus bajadas o llanos, oliendo sus aromas y oyendo su bullicio. Haciéndonos  uno con el ruido, siendo ritmo, acompasados. Me gustaría ser viajera para siempre, siendo una con el mundo. De ritmos se alimentan las ciudades, de todos, del niño jugando en la plaza y del anciano sentando bajo la sombra, de la pareja acelerándose en un banco o del camarero bajándolo con un cigarro en el descanso. Alternos, cambiantes, cada uno con el suyo pero todos a una. Menos uno, el viajero que observa desde fuera sin llegar a comprenderlo, sin encajar.

Rubia, la cerveza

“Lo supe siempre, no hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagas; la soledad.”

Chavela Vargas.

En la librería Ler Devagar, LxFactory, con un café con leche, ¿pingado? No, grande, acompañada de Jack London y su The call of the wild. 150 páginas que no creo que me vayan a durar mucho.

Me están pareciendo cortos estos últimos 2 días, se me escapan, feliz en soledad. Demostrando lo simple que es el ser humano. Hoy leí esa frase de Chavela Vargas y poco después me preguntaron sobre el amor.

¿Qué puedo decir de aquello que ocupa mis horas? Te descoloqué con mi respuesta, no esperabas que la tuviese preparada , jamás te habías planteado que podría pensar sobre ello. No entendiste lo que dije, asumí mi parte de culpa por no haber sido capaz de explicarlo bien, o a tiempo.

Creo en el amor en cada instante de mis días, quiero con locura y sin distinciones, soy capaz de encontrar amor en el odio. La principal culpable de ello, mi intensidad desmedida, sin límite alguno.

Me resulta difícil creer que puedas llegar a entenderlo, el marco que imagines será escaso. Triste, piensas, pero sigues sin comprenderme. ¿Qué hay más bonito que el amor sin mesura? Sin prestar atención a las consecuencias, sin esperar respuesta, o más bien, sin verse afectado por no hallarla. El amor, para mí, no es un pacto, no entiende de reciprocidad, no es dar y recibir. Es la culminación de la vida, el paso siguiente a alcanzar la felicidad, el compartir todo lo que tengo que no es más que toda mi energía, mis ganas de vivir, mi euforia, y otra vez, mi intensidad. Haciéndome dudar, llegando incluso a plantearme la veracidad de la existencia, como si los sentimientos fueran tan auténticos que nada fuera, eso, verdad.

Y en ello, en compartir mi amor con alguien, creo. Pero no espero que llegues a entenderlo. No me desespera ni me frustra, al contrario, me llena de energía para seguir buscando, o intentarlo.

Perdido, o ganado

Decidí que ese iba a ser el título sin siquiera saber por dónde empezar a escribir.

Me pregunté por la vida, por la forma en la que la consumimos, ganancias o pérdidas, y sobre la barrera que separa unas de otras. Surgió de un “yo hace tiempo que no me aburro” y me paré a pensar, yo también tenía esa sensación. ¿Quizás ya he consumido el cupo vital de aburrimiento? Me engaño, esto surge de llenar ese tiempo de aburrimiento. Aburrirse en su más llano significado, un acto inmaduro, o tal vez necesario, el instante previo a una grandísima idea, al momento en el que resolver el mundo.

Tal vez la sobre estimulación que nos rodea nos hace creer que no nos aburrimos. El simple hecho de tener innumerables formas de perder el tiempo haciéndonos creer que lo invertimos. Una inversión en futuro, con ninguna o poca rentabilidad.

Escribir es, de alguna forma, el entretenimiento que elegí para engañarme y pensar que invierto mi tiempo llegando incluso a declarar que he olvidado aburrirme.

Leo el título para intentar recordar que me invitó a escribir, como siempre, me he vuelto a perder. Ganado o perdido, al tiempo me refería. Quise hablar del aburrimiento, sin entender siquiera el origen, detonante o sentido, sin tener una opinión clara, y ese fue el problema, me perdí en mis argumentos para, al final, cambiar de bando, chaqueterismo por bandera.

Tiempo, el mayor miedo del ser humano, su gran batalla, dominarlo, ser capaz de detenerlo, hacer eterno un instante o acelerar un proceso a su antojo. Mi miedo no es que se me escape el tiempo entre los dedos, más bien el no gozar de cada estímulo que ese fluir produce.

Por lo tanto, me retracto orgullosa, me he aburrido mucho últimamente y volvería a hacerlo. Más que enemigos, serán cómplices, unidos para que tiempo no se duerma y deje a aburrimiento la tarea de recordarle que sigue corriendo y queda mucho por invertir.